Razones para no tolerar a un partido de multitudes

Por: Edwin Sánchez
Thursday 23 de November 2017
Razones para no tolerar a un partido de multitudes

I

Hay conatos de organizaciones en Nicaragua que quieren quemar todas las etapas por las que atraviesa un partido, como si se tratara de una cargacerrada. Pero la fortaleza de una formación política no es un asunto de pirotecnia: se trata de estar conectado con la vida.

Otros, frustrados al no poder pasar del estado larval a pesar de los años transcurridos, se quieren desquitar con los partidos constituidos, y sobre todo con la bandera que está en el poder. Por donde miren, su proyecto sigue siendo eso: proyecto. Las encuestas se encargan de confirmar su coherente nulidad. Mas nunca aceptarán su fallas de origen: culparán a otros.

El hecho mismo de que existen partidos en el país confirma que vivimos en un sistema democrático. ¿Hace falta perfeccionarlo? Eso es así, y lo será en cualquier parte del mundo, hasta la consumación de los siglos. Somos humanos, no ángeles.

El expresidente de Ecuador, Rodrigo Borja, en su Enciclopedia de la Política, conceptualiza que “Los partidos son los pilares del sistema democrático. No hay democracia sin partidos políticos y éstos sólo pueden darse en el seno de regímenes democráticos”.

Las organizaciones políticas que participaron en las pasadas elecciones son protagonistas de este sistema. Sin embargo, aquellas microfracciones desérticas que no se arriesgaron a poner “la carne en el asador”, como lo hace un púgil que no rehúye el combate, no tienen autoridad para cuestionar nada. Simplemente escondieron el bulto de siglas bajo la máscara de la abstención.

Borja sostiene que los partidos son “Intermediarios entre el gobierno y la sociedad, están llamados a recoger, enriquecer y procesar las aspiraciones de la comunidad a fin de que ellas cobren un peso específico en las decisiones gubernativas. En este sentido, los partidos son elementos auxiliares del gobierno aunque estén en la oposición”.

En nuestro país los que se autollaman “oposición inmaculada” pero que no les gusta medir su “fuerza” en el terreno electoral, no actúan como partidos porque no lo son.

Para que una formación política avance, necesario es que cuente con seres racionales, no viscerales; mala idea es rellenar con discordias y disparates de los nihilistas, la falta de trabajo político. Si un grupo pretende organizar los rencores dispersos, nunca será un partido de relevancia nacional. Los ejemplos están a la vista.

II

Miren si estos seudopartidos cumplen con lo que Borja caracteriza: “Una de las más importantes innovaciones políticas del siglo XX fue ciertamente la organización y perfeccionamiento de los partidos como instrumentos de intervención de la comunidad en los quehaceres del Estado y su ulterior conversión en partidos de masas”.

Esa es la coronación de un partido, antes que el poder mismo: ser partido de masas, y no de mesas. Y esto tampoco se consigue sometiéndose servilmente a la línea editorial de algún medio.

El enciclopedista nos advierte que no todo grupito que se diga “partido”, lo es. ¿Qué acrónimos vacíos podrán cumplir con lo que define Borja?: “Estos (partidos de masas) se han convertido en los grandes protagonistas de la acción política. Han alcanzado un alto grado de organización. Cuentan con departamentos de estudio de la realidad social. Son laboratorios de análisis y experimentación de soluciones para los conflictos de la sociedad. Están llamados a desempeñar el papel de custodios de la estabilidad política y del respeto a las normas democráticas que deben regir la convivencia social”.

Empero, los minúsculos círculos de “iluminados” ni siquiera han aprendido el abc de lo que significa ser partido, menos que sepan qué es ser una vasta organización de masas. ¿Cuál departamento de estudio de la realidad social tienen? ¿De qué laboratorio de análisis disponen? Estos partiditos lo que quieren es atizar conflictos con su “departamento” de vilipendios y “laboratorio” de diatribas. Es ostensible su aversión a la estabilidad nacional.

Una difamación recurrente de los ultraconservadores contra el FSLN, como “prueba” de ser “antidemocrático”, es que “anula al individuo”. En primer lugar, el Frente es un partido de masas cuestionado por “partidos” de garaje. Los rojinegros exceden esa estrecha visión provinciana que no logra sintonizar la actual dinámica de los partidos en este siglo.

Pero para entender al Sandinismo primero habría que experimentar en carne propia de qué se trata un partido de verdad. En el Frente hay un esfuerzo de interrelación entre la dirigencia y las bases, lo cual no debe perderse sino incrementarse. Incluso, podría ser un aporte a los partidos de alta densidad poblacional en el planeta.

Borja al ver el desenvolvimiento de las grandes instituciones políticas en el mundo, y no precisamente los “partidos únicos y totalitarios”, señala: “De hecho y aun sin proponérselo, los partidos han reducido el peso específico de los individuos en la vida política. Los centenares de miles de miembros de base de un partido dependen de las deliberaciones de sus dirigentes y si bien pueden hacer valer sus opiniones ante ellos, a través de las asambleas y demás actos partidistas, su participación política no es de primera línea”.

III

De los Oenegés, expresa que “puede interpretarse como una secuela de la crisis de los partidos”.

“Algunas de ellas han abrazado causas muy justas. Sin embargo, muchos se preguntan: ¿quiénes eligen a sus dirigentes? ¿A quién representan estas organizaciones? Pues a nadie en particular, desde el punto de vista de la representación política. Representan sólo a su propia conciencia, a su visión de los problemas, a sus conocimientos sobre un tema, a sus reflexiones, al derecho de opinar desde abajo —desde fuera del poder— con el propósito de influir sobre los actos de gobierno”.

Lo que no manifiesta Borja es el fenómeno de los operadores políticos agazapados en algunas oenegés, lo que rebasa la competencia de tales organizaciones. No siempre los ocupantes de esas plataformas, en el sentido puro con que analiza el enciclopedista el tema, “representan sólo a su propia conciencia”.

Bien podríamos agregar estas oenegés, incluidas las de DDHH que no cuentan con agendas ocultas, a la conclusión que llega el estudioso al abordar esas “numerosas asociaciones de todo tipo” que se han formado: “ambientalistas, feministas, gremiales, sindicales, religiosas, de consumidores, de productores, etc., pero ninguna de ellas, ni todas juntas, pueden sustituir a los partidos políticos.

Ellas son grupos de interés y, como tales, tienen puntos de vista excesivamente parciales y zonificados. Carecen de la visión universal de los problemas de un país que tienen los partidos políticos”.

Para la ideología desfasada del pensamiento conservador, es insoportable un partido de masas, comenzando con el Sandinismo: los señorones están acostumbrados a que el pueblo sea su vasallo.

Al no serlo, lo desprecia y maldice: “turba”, “apático”, “sin conciencia cívica”, “mentiroso”, “oportunista: Los nicaragüenses votan porque creen que van a recibir algo a cambio”, etc.

Un partido de multitudes, aunque sea de centroderecha, es imposible controlarlo al gusto y antojo del relato hiperderechista. De ahí que prefieran mejor a las organizaciones “apolíticas” y apadrinen la “unidad” de los partidos de bolsillo.

Por esa y otras razones denigran a los que son capaces de congregar la activa voluntad ciudadana, piedra angular de la Democracia que se construye en Nicaragua.