Ciudad de México y Managua, lecciones que se aprenden

Por: Edwin Sánchez
Monday 25 de September 2017
Ciudad de México y Managua, lecciones que se aprenden

I

Managua y Ciudad de México son dos pueblos lacustres devenidos en capitales. El suelo del primero, con los espejos de sus lagunas y el lago, sus volcanes extintos, es casi similar al de la antigua Tenochtitlán, rodeada igualmente de cerros monogenéticos –de un sola erupción–, solo que una está apenas sobre 43 metros de altura, Teatro Nacional Rubén Darío, y la otra se eleva a 2 mil 240 metros.

Los aztecas desecaron los lagos en México para habitarla y los opulentecas, para ser “originales”, prefirieron deforestar las sierras de Managua en los 90.

En una se ve el chorotega Momotombo a unos 100 kilómetros al noroeste y en la otra el náhuatl Popocatépetl, a 72 kilómetros al sureste: ambos, de nombres mexicanos, están activos. Los dos poblados se establecieron en una cuenca y soportan inundaciones anuales.

Este par de capitales fueron fundadas por adoradores del dios Xólotl. Además llevan las cicatrices de muchos terremotos sobre sus lomos y lomas. Más de diez mil víctimas se contaron en el Distrito Nacional, en 1972, y también más de diez mil en el entonces Distrito Federal, en 1985, adonde llegamos un día después.

La muerte aún andaba con sus trepidantes pasos. Se sentía en el aire de una ciudad congelada por el pavor. No viví la catástrofe de 1972, pero lo que veía el 20 de septiembre de 1985 me metía de lleno en los recuerdos ajenos de la Managua devastada, esa que cada diciembre uno ve en las fotos y florece en la memoria plástica de sus sobrevivientes.

La tristeza, la angustia, las preguntas, la búsqueda, el heroísmo de los brigadistas, la incertidumbre, todo estaba en esos rostros mexicanos, parientes nuestros, hechos del mismo barro y de la misma sangre, de la misma lengua español-náhuatl, del mismo credo; más encantados con Javier Solís que con Elvis Presley y más a gusto con el taco que con el hot dog: pueblos de la misma marca telúrica.

El Gobierno Sandinista envió en esa oportunidad un contingente de solidaridad. Ahora, el presidente Daniel Ortega y la Vicepresidente Rosario Murillo expresan también su dolor cuando hablan de “ese México, lindo y querido, tan cercano, tan hermano de nuestra Nicaragua”.

II

México es generoso, tanto que aún en sus horas santas de dolor, ofrece ejemplos de valentía, de disciplina en el desempeño de las principales carreras para asegurar la existencia como las ciencias de la tierra.

Recuerdo que en 1985 las autoridades y los medios de difusión se dieron cuenta que no toda la culpa era del movimiento tectónico; que muchas construcciones nunca debieron haber sido aprobadas.

Proceso informó, en 1986, que el ingeniero civil Raúl Pérez Pereyra, experto en calcular y construir edificios altos, al realizar una investigación comprobó que se ocultó “la violación de por lo menos el 90% del reglamento sobre construcción”.

Descubrió, además, que “existe una mafia de ingenieros, alentada por las instituciones que tienen que ver con la construcción, que quieren ocultar su responsabilidad y la de las constructoras y los funcionarios. Son ellos los que pretenden hacer creer que el sismo mató a las personas y no las malas construcciones”.

Nunca debió caer el Hospital General que terminó de retratar la magnitud de la tragedia en las primeras luces del día.

En sus empinados escombros –cada piso aplastó al otro con todo lo que ahí se encontraba– se veían cuadrillas de rescatistas en busca de quienes habían quedado sepultados en vida.
El centro para sanar y proveer salud, se volvió un cementerio en menos de un minuto. Ahí murieron casi 300 personas, entre pacientes, doctores, 195 recién nacidos, enfermeras, personal que quizás no había sido relevado de turno a las 7:17 am; y otros que esperando su cita con el especialista, se encontraron de repente con el último día incompleto de su existencia, adelantado por un terremoto de 8.1 en la escala de Richter.

México aprendió mucho del estremecimiento terráqueo de 1985, ¿y la Nicaragua posterremoto?

Con el nuevo y riguroso reglamento de construcción, adecuado al comportamiento del subsuelo, hubo claros resultados en este mes: hasta ahora, las autoridades contabilizan casi 300 víctimas fatales y menos estructuras derribadas. Las que se desplomaron contaban con fallas de origen. No se ajustaron a las normas vigentes, señalan especialistas.

Paralelo al reglamento referido, México además ha programado simulacros con la población: los ensayos de protección masiva sin una adecuada planificación urbanística, en correspondencia con los estudios geológicos, no valdrían mucho. Vale decir, los ejercicios de simulación son el alma de una segura sobrevivencia, y toda alma necesita un cuerpo: ese es el Código de Construcción. No pueden andar separados.

Con la dinámica del planeta no se juega a la ruleta rusa: eso de erigir un edificio en cualquier parte, quizás se justificaba en los viejos tiempos cuando era más fácil toparse con un cadejo allá por el Ceibón de San Judas que encontrarse con un geólogo.

III

El Código de Construcción debe ser estudiado y acatado como la Biblia de la Ciudad. ¿Por qué?

Desde que se tiene memoria, los hombres han querido eludir sus responsabilidades. Eva es la primera “culpable” de la humanidad. Después fueron los elementos, los gobiernos o lo que sea: un sismo, por el caso.

Empero, no todo puede echarse en el saco de los “desastres naturales”, como hace algunos años me aclaró uno de los que más saben de los secretos de la Tierra, el doctor en Geología Estructural, William Martínez.

Muchos de los grandes dramas en este mundo son provocados por la voracidad de los irresponsables al no respetar siquiera el sentido común.

Vimos en “la edad dorada de la democracia” que, sin importarles los estudios científicos, porque les impediría erigir sus negocios en el “lugar soñado”, se levantaron algunos edificios y hasta un hotel sobre dormidas pesadillas geológicas. La naturaleza, tarde o temprano, recuperará lo que le pertenece.

Hoy, esas desafortunadas decisiones sobre suelos inestables se aprecian en paredes cuarteadas, asentamiento de la estructura, pisos agrietados o hundidos. No, no se trataba de ninguna raya hipotética sobre la filmina de una presentación: es una falla.

El hecho de que se produzcan estos eventos no quiere decir que países como México y Nicaragua no sean aptos para vivir, o destinos turísticos para disfrutar.

En nuestro caso, la actitud del Gobierno Sandinista es de conciencia, manifestada en la prevención, en ejercicios multiamenazas. Ha sacado de su letargo a Managua, cuando todavía en 2006 permanecían algunas ruinas de 1972, habitadas por muchas familias. Ellas viven ahora en el nuevo reparto Belén.

Sin embargo, si un experto en la empresa privada o entidad pública, “para no caer mal”, calla ante un superior lo que la ciencia le está gritando, esa información vital nunca llegará al Presidente Daniel Ortega ni a la Vicepresidenta Rosario Murillo. Muchas familias y el país sufrirán las consecuencias.

Estamos en la Tierra: si no hay huracanes, hay temblores, si no hay tormentas de nieve, hay tempestades de arena, si no hay sequías, cuidado con los tsunamis, y si no hay inundaciones ni tornados ni diluvios, hay hecatombes financieras como la de 2008.

Un sistema económico que idolatre a Mammón, con su canto de entrada ¡Sálvese-quien-pueda!, es más terrible que un terremoto. El “desastre natural” es parte de esa liturgia insensata.