Ni el General Kelly quiere intervención como los pro Nica Act

Por: Edwin Sánchez
Friday 4 de August 2017
Ni el General Kelly quiere intervención como los pro Nica Act

Por donde se le vea, la intención de aprobar la Nica Act en el Congreso de Estados Unidos, para impedir el flujo de préstamos de organismos financieros a Nicaragua, es parte de una política chapada a la antigua, en sintonía con la oficialmente extinta Doctrina Monroe (1823) y su Corolario Roosevelt (1904).

Desarrollar relaciones de mutuo respeto y colaboración entre Estados Unidos y Nicaragua, en una muestra de madurez política, es lo que se corresponde con este siglo: mirar hacia adelante, en vez de quedarnos petrificados como estatuas de sal.

Durante la Conferencia sobre Prosperidad y Seguridad en Centroamérica, celebrada en Miami, a mediados de junio pasado, el Secretario de Seguridad Nacional, general John F. Kelly se sinceró con Latinoamérica:

“Un punto esencial es que debemos ser aliados al mismo nivel, no una fuerza dominante, que lo sabe todo y les dice a los otros lo que tienen que hacer. Hemos de ser aliados iguales para resolver los problemas trabajando juntos”.

No lo dijo cualquiera, sino el alto cargo alabado por el presidente Donald Trump como la “estrella” de su equipo. Y ese fue el tono John Kerry, como Secretario de Estado, cuando dictó el acta de defunción de la triste Doctrina Monroe, en noviembre de 2013.

El problema de fondo es que la actual generación de políticos y militares estadounidenses se encuentra con el lastre del viejo pensamiento autoritario de ciertos congresistas de origen cubano.

Ocupar la separación de poderes y, además, utilizar a la superpotencia norteamericana para saldar sus vetustos rencores personales contra la República de Cuba y sus autoridades, no constituye un hermoso homenaje a la Democracia.

Es decir, hay una contradicción entre líderes como Kelly que llegan con una mentalidad fresca a la esfera gubernamental y algunos cubanos cuyas carreras bogan sobre las olas de plata de los primeros exiliados en EEUU. De ahí han emergido candidaturas ultraconservadoras. Al conseguir su curul, deberán responder a esos intereses que no son los de la Norteamérica de tierra firme.

En esa mescolanza de padrinazgos y provechos políticos que de alguna forma se manifiesta en las negociaciones para la aprobación de ciertas leyes, los rescoldos de la Guerra Fría se hacen sentir como si el tiempo se hubiera detenido en los años 50-60 del siglo XX.

Sin embargo, la comunidad cubana en Miami ya no es la misma de hace cinco o seis décadas; las generaciones posteriores no comparten los enconos y resentimientos de sus bisabuelos y abuelos. Ellos y ellas demandan una normalización de relaciones con La Habana.

En otras palabras, doña Ileana Ros-Lehtinen si no sabe siquiera interpretar los anhelos de la nueva savia cubana en Florida, ¿estaría capacitada para hablar en nombre de un pueblo distinto como es el nicaragüense? Solo es una delegada del pasado y del macartismo.

Nunca alcanzaría a razonar que el pueblo de Nicaragua no son los cuatro que llegan a darle “insumos” de nuestro país. No, no podría reconocer que el Pueblo de Nicaragua repudia su Nica Act porque el 86.3% considera que perjudica a todos los nicaragüenses, y que solo el 7.3% opina que daña al gobierno (Consultora M&R).

La percepción del pueblo nicaragüense es que lejos de aportar a la Democracia, el 82.3% sostiene que el proyecto se encamina a deteriorarla. Apenas el 10.3% de la población cree lo contrario.

Tampoco el 76.3% de los encuestados respalda la Nica Act, pues impedirá el flujo de recursos del BID y Banco Mundial. Quienes están de acuerdo en que se corten los préstamos suman el 11.9%.

Además, el 10% de la población entrevistada es del parecer que Nicaragua debe “todavía” pedir “permiso” para ver con qué países puede establecer relaciones. Por supuesto, la mayoría rechaza este anómalo déficit de patriotismo.

Si los proponentes de la Nica Act piensan que sus corresponsables nicaragüenses representan al pueblo, el 74.7% de la población “se manifestó en desacuerdo con los grupos o personas que desde Nicaragua promueven este tipo de iniciativa de Ley, frente al 10% que si está de acuerdo”.

Pena ajena ayer

El abc de la Democracia enseña que este sistema privilegia el respeto a las mayorías. Y las mayorías condenan la Nica Act. Es decir, es un artilugio Antidemocrático.

Pero no es tanta la culpa de un país poderoso como Estados Unidos, como la de los que desprovistos de la más mínima gota de decoro en sus venas, se van a postrar ante los que consideran sus dioses tutelares.

Su linaje proviene de ciertas familias en Granada, como nos narra Rubén Darío, donde “por odio al gobierno de Zelaya” ahí “se formó una agrupación yanquista, que envió a Washington actas en que se pedía la anexión, que paseó por las calles entre músicas y vítores el pabellón de las barras y las estrellas clamando por depender de la patria de Walker, dando vivas al presidente de la Casa Blanca; y se buscó a cada paso la ocasión de la llegada de un ministro, de un cónsul, de un enviado cualquiera de los Estados Unidos para manifestar las ansias del yugo washingtoniano, el masoquismo del Big Stick, el deseo del puntapié de la bota de Nueva York, de New Orleans o de Chicago” (El fin de Nicaragua, La Nación, 28 de septiembre de 1912. Escritos Políticos, p. 180).

Pena ajena dio ayer, pena ajena da hoy. Por eso, el recién nombrado Jefe de Gabinete de la Casa Blanca, general Kelly, debió dar una lección de dignidad a los que, por odios como los de antaño, buscan vender la patria a como sea y por lo que sea:

“…la experiencia muestra que la intervención de Estados Unidos no siempre ha dado los mejores frutos” y que, por ello, ahora Washington “debe dar un paso atrás en favor del respeto a la soberanía de las naciones latinoamericanas”.

Es seguro que hay más gente honorable en El Capitolio y en los alrededores de la Avenida Pensilvania, 1600, Washington D.C., que los que en Managua, siendo nicaragüenses, maldicen a Nicaragua.